sábado, 20 de abril de 2013

Cara de paisaje

A veces me olvido de tu cara. No es que me la olvide realmente. Digo, la vi tantas veces que no tengo ni que pensar cuando te recuerdo. Igual me olvido, de como movés las cejas, de cuán recta es tu nariz, de si te mordés o no el labio, de cómo se siente tu piel cuando te afeitás. Y me acuerdo de tu cara como me acuerdo de un paisaje, con vida pero inmóvil, una foto permanente. Sin expresión, vacío, porque así eras, vacío. A toda hora, todos los días, todo el tiempo, vacío.
A mi tampoco me gustaba jugar al romanticismo, ¿para qué? Es otra forma de mentirse. Lo que sirve es ir de frente, como salga pero ir. Eso te decía siempre. Tu problema era ese de no ir a ningún lado. Tampoco le veo la gracia, y por eso digo que tu cara es como un paisaje. Hermoso pero lejano, inmóvil e inmenso, sublime pero aterrador.
Otras veces me acuerdo de algunas cosas, una sonrisa quizás, pero no de cómo movías las cejas, o de si te mordías el labio. Esos son detalles, y entre nosotros no había detalles. Me acuerdo de todo lo que era relevante, de todo lo que era todo. De tus manos, de cómo me tocaban, de que tu pelo me hacía cosquillas cuando te apoyabas entre mis hombros. De tu respiración, rápida y después más lenta, después rápida de nuevo. De los besos en el cuello y de que me mordías las orejas, de que durábamos para siempre entre las cuatro paredes de tu monoambiente con ventana al pulmón del edificio, aunque no duramos.
Igual lo de las orejas sí es un detalle, pero no había mucho detalle entre nosotros, no lo necesitábamos. Tampoco al romanticismo, podíamos mentirnos de otras maneras. Yo te mentí, cuando te dije que así ya no quería no era cierto. Te mentí, no era por los detalles, pero nunca pude decirte eso del paisaje inmóvil, y de cómo me asustaba y me gustaba quedar atrapada ahí adentro de la foto. No quería detalles, y creo que te diste cuenta, pero no hiciste nada. Vos no querías darme detalles, porque nunca hacías nada, porque no ibas a ningún lado. Porque eras un paisaje, pero también eras el monoambiente, y no te asomabas ni a la ventana porque daba al pulmón.
Ahora creo que extraño tu respiración y lo de las orejas. A veces me olvido de cómo es tu cara y, si lo pienso mejor, creo que me molestaba cómo movías las cejas.

miércoles, 3 de abril de 2013

Sentido

Abro los ojos, quiero volver a cerrarlos. Los cierro pero tengo que abrirlos. Me levanto porque no me queda otra. Bajo la escalera con los ojos cerrados de nuevo. Me mareo y me salvo de caerme por un pelito. Me ducho, la ducha es aburrida. Nada tiene sentido. Me pongo lo primero que encuentro porque no me importa que me miren, aunque al final no me gusta como me queda y tardo mucho en decidirme. Me esperan con el motor del auto encendido, casi no me doy cuenta y salgo con el cepillo de dientes en la boca. Llego tarde a trabajar, porque llegar temprano es darle demasiada importancia. Trabajar es una porquería. Nada tiene sentido. No tengo ganas de saludar a ninguna de las personas con las que trabajo. Serán muy simpáticos pero no me interesa que formen parte de mi vida. Me pagan por estar cerca suyo unas cuantas horas al día, nada más. Una me cae mal porque tiene onda con el compañero con el que yo estuve hace un tiempo. Ni siquiera me interesa, pero me cae mal de todas formas. No sé por qué me pareció buena idea en su momento, no sé porqué me repele esta chica si a mi no me hizo nada. No, no me interesa. Mi jefa habla en tono neutro a veces, a mi eso me parece demasiado estúpido. Quisiera estar usando el celular, pero me miran de reojo cuando lo agarro y empiezo a tocar la pantalla. No veo la hora de irme. Me molesta abrirle la puerta a todas las señoras que vienen a hablar sobre sus hijos y sonreírles como si. Le grito al teléfono cada vez que suena porque odio atenderlo. Espero que nadie se de cuenta de que en realidad estoy disimulando mi cara de orto. Voy a tuitear que odio todo. Lo tuiteo, no me responde nadie. Todos me ignoran siempre. Nada tiene sentido. Hoy no voy a almorzar, no me hace falta. Ya casi es la hora de irme. Podría comprar ropa cuando salga de acá. Puedo probármela y mirarme en el espejo, y amarme, y odiarme porque me queda mal, y comprarla igual porque algún día me va a quedar bien. Ahora estoy yendo a almorzar. Al final no me aguanté. Quiero una milanesa napolitana con papas fritas y una coca de 600, por favor. No tengo términos medios, entre el no-almuerzo y esta bestialidad no había otra opción, una lástima. Ya me siento mal de todo lo que comí, pero no quiero dejar nada. Voy a comer hasta la última papa frita. No sé ni qué hora es porque no traje el reloj, y no quiero salir del juego para mirar la hora en el celular. Siempre me olvido el reloj porque siempre me olvido todo. Hace poco que uso reloj, además. Había dejado de usarlo a los 17, para poder mirar la hora directamente en el celular. En realidad hacía como que miraba la hora en el celular, pero quería ver si un chico me mandaba mensajes y esa era la única forma de disimular mi demencia. Nada tiene sentido. Estoy probándome una pollera, es un talle más chico que el mío pero me cierra. De ahí a que me quede bien hay un abismo. Si no hay una más grande la voy a llevar igual, era cierto lo que decía antes sobre comprar. Al final había, mejor, tenía que comprarla porque salió solo cuarenta y nueve pesos. Recién ahora miro la hora. Se hizo tarde y no llego ni ahí a la facultad. A quién le importa que yo llegue tarde. Si nada tiene sentido. Siempre que viajo en colectivo creo que es el peor viaje de mi historia. Este es el peor de verdad. Llevo una hora acá arriba y no estoy ni a mitad de camino. Llego una hora tarde a clase y el profesor dice en voz alta que no tenemos que llegar tarde. En la clase me va horrible porque es práctica tenemos que hacer cosas que yo no sé hacer muy bien. Aparte a mi me da mucha vergüenza todo. Quiero que termine la clase porque tengo que irme rápido para otro lado, y no termina, no termina nunca. Ya fue, me estoy yendo antes de que el profesor termine de hablar. Ni siquiera sé para qué hago esto. Digo, yo soy la que elije estudiar, ya sé, pero no me interesa nada estudiar  Quisiera tener la posibilidad de no hacer nada y que no esté socialmente mal. No sé detrás de qué estoy corriendo. Nada tiene sentido. Como si fuera poco me lleno cada día de más cosas. Ahora no sé si empezar Canto o conseguir una psicóloga. Pongo todas las cosas en el mismo rango de importancia. No sé cantar, no sé tomar decisiones serias. Más o menos es lo mismo. Voy durmiendo en el colectivo pero está empezando a dolerme el cuello, y si no me babeé todavía está por pasar ahora. Debería despertarme porque ya casi llego a casa. Capaz no voy a ningún lado ahora. Me apuro para llegar pero no tengo ganas. Si lo que quiero es quedarme tirada sin hacer nada. Mi cama es el lugar perfecto. Tengo que caminar seis cuadras hasta casa. No me gusta caminar por acá porque todos tienen pinta de que podrían llegar a robarte y si después no te pasó nada te sentís la peor persona por haberlos juzgado mal a todos. Quiero tomar Coca Cola. Mientras, no entiendo cómo hace la gente que roba, yo no podría ni aunque quisiera. Capaz soy muy buena, capaz muy pelotuda, pero no puedo entrar en la cabeza de alguien que cree que puede justificar el sacarle a otra persona una cosa suya. Nada tiene sentido. No quisiera prender la computadora porque me cuelgo y no hago nada más. Pero ya lo estoy haciendo. Facebook es una mierda de aburrido. No me interesa lo que le pase a nadie de las personas que conozco. Ay, alguien acaba de comentar una foto que subí a Instagram. "Qué lindos ojos que tenés". No puedo evitar sonreír y querer devolver el halago con un abrazo cargado. Así de la nada me cambia el día. Como si todo tuviera sentido. Yo creo que las personas vivimos para otras personas, o para nosotros, que también somos personas. El resto, todo, no tiene sentido.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Lenguaje Visual


Hoy tuve clase de Lenguaje Visual. No terminé de entender bien de qué va la materia. Tiene como ochenta niveles a lo largo de la carrera y son todos teórico-prácticos. Puede ser porque llegué tarde, y se me cerraban los ojos del sueño, y también porque estaba sentada en un costado, y desde ese ángulo tenía una vista casi panorámica de todos en el aula. Me distraje pensando en cosas, mirando a las personas. Nunca fui buena para prestar atención y nada más. Prestar atención es aburrido. Puedo escuchar mientras hago otra cosa, más aún, necesito hacer algo mientras escucho aunque no implique mover ni un músculo.
Estuve pensando en porqué estaba ahí, en esa clase, cuándo había sido que yo había tomado esas decisiones y de qué manera; Lo mismo pensé sobre el resto de los que compartían aula conmigo. 
Unas cuantas veces, gente que no tiene ni idea pero quiere opinar me dijo que iba a estar todo lleno de hippies ¿No es eso lo que puede esperarse del arte? Cosas como "preparate" o "vos vas a convertirte en una más". Por eso me resultó raro encontrarme con un único hippie en toda la clase, o al menos el único que en verdad se parece a uno. El pelo algo largo y desprolijo, una barba que ocupa el 90 por ciento de su cara, la ropa así no más y unas Topper de lona sucias. No parece muy mayor, así que tal vez es uno de esos hippies que son hippies subvencionados por sus padres. Hoy le discutió a la profesora que una fila de luces de Led no forman una línea porque no son puntos. A los hippies les molesta no tener razón. Pero, además de él, no había hippies. Algunas chicas con pelo de colores, el must si querés ser Cool y transgredir. Otras rubias de pelo largo con pantalones chupines y plataformas, casi todas tenían cara de pretenciosas. Y no puedo dejar de mencionar ese grupo de chicas que se creen distintas y despreocupadas, pero son como todas las demás. Flequillo cortito y quizás desparejo, y un estilo entre moderno y hippie; combinando estampados raros con prendas de moda, y poniendo cara de intelectuales y desentendidas. Después había mucha gente con lentes de marco grueso, otros tantos con Zapatillas Vans; y el resto era de esa de esa gente que nada, su cara no dice nada, su ropa tampoco, ni su pelo, ni los gestos que hacen, ni tampoco lo que dicen. No sé cómo hacen los nada para ser nada y no ser algo.
Hubo algunas personas que me llamaron la atención en particular. El chico ese con la remera de los Rolling Stones, era diferente a todos porque tenía una remera de los Rolling Stones. Una chica con el mismo corte de pelo que yo pero teñido de un fuccia estridente. Ese par de amigos raros, ella tenía una mochila rosa, de esas inflables que se usaban a fines de los 90 y a principios de los 00. Cerca de ellos también estaba un chico que no tendría más de 19 años, al que se me antojaba mirar de reojo a cada rato, mientras él miraba todo con cada de entre miedo e interés, las dos cosas a la vez. Creo que si hubiera tenido mi edad o hubiera sido mayor ni lo hubiera mirado, pero algo en su cara de adolescente me hacía volverme hacia él todo el tiempo. Otra medio dientuda estuvo llamando la atención toda la clase, comentando cosas que no venían al caso y me pareció de verdad insoportable. Y al último que recuerdo, es a ese que me hizo acordar a un personaje de una serie que miro, del cual estoy platónica y verdaderamente enamorada. No se parecía tanto, pero hizo un gesto muy similar al suyo con las cejas y cautivo también mi mirada por unos instantes.
El caso es que en realidad tenía mucho sueño y no me importaba la gente que tenía al rededor, más que para asegurarme de que no se dieran cuenta de que se me cerraban los ojos. Estaba en primera fila y a menos de dos metros de los profesores. En realidad ellos estaban en primera fila para ver como me dormía la primera clase. Entonces me puse a pensar en porqué estudiarían arte todos ellos, qué pensaban que podían hacer, qué especialidad habría elegido cada uno. En realidad solo me preguntaba si ellos se sentían tan extraños y descolocados como yo. Porque todavía no entiendo como una puede estudiar para ser artista, o directamente ser artista, cuando en la sociedad actual tenés que ser algo y no alguien.
Para entonces ya había vuelto a un estado en el que podía al menos mantener los ojos abiertos y dejé todo eso para ponerme a prestar atención al profesor, que hablaba sobre el ingreso del video al arte contemporáneo  Mencionó un par de muestras en las que el video fue parte importante, entre ellas mencionó una de Duchamp en la Fundación Proa, a la que quise ir pero no encontré momento mientras duró. Acompañando eso dijo "ah, claro, a esa no fueron porque ahí no habían decidido estudiar arte todavía", un imbécil. En realidad me había caído simpático, pero eso que acababa de decir era innecesario e incisivo. Aunque creo que nadie le prestó atención, a mi me molestó, porque si no me conocés no opines ni me rebajes, aunque seas el más groso del universo. De todas formas no tenía nada contra él, y estaba a gusto en la clase, aún quedándome dormida. Así que lo dejé.
Lo gracioso es que minutos antes de ofenderme había estado haciendo lo mismo con todos mis compañeros. Y me resultaba muy gracioso pensar en que yo también tenía Vans y lentes de marco grueso, que en algún momento de mi vida fui un intento de hippie mantenida por mis padres, había caminado sobre plataformas  había pensado en teñirme el pelo de un azul eléctrico muy llamativo y hasta tengo el flequillo cortado como esas con "cara de intelectuales y desentendidas". Inclusive puedo decir que tengo algo de miedo cada vez que entro al aula, y si no comento nada en clase como la dientuda es por culpa de ese miedo. Resulta que al final eramos todos lo mismo, y estábamos por el mismo motivo, aunque capaz la mayoría no supiera cuál fuera; al menos yo no sabía, ni sé todavía. Odio estudiar, y no me gusta tener que estar con gente que no conozco. Pero sí que me gusta poder elegir lo que hago, aunque no sepa porqué. Por eso creo que no importa si soy hippie, pretenciosa, o me creo distinta y despreocupada, ni si voy a teñirme el pelo del color que sea. Importa que quizás un poco entendí, que aunque no sepa bien nada quiero elegir disfrutar, y disfrutar de lo que elijo. ¿Si la vida no es disfrutar  qué es entonces? También saqué la conclusión de que los hippies están extinguiéndose. Y debería averiguar un poco más sobre Lenguaje Visual, porque sigo sin tener idea de qué va.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Me decís

Te veo que decís cosas
me veo en las cosas que decís
me veo porque no estoy en ninguna
no sé como hacer para estar en tus cosas
quiero que me digas

sábado, 2 de febrero de 2013

Tostadas light y cuando alguien se sabe tu nombre.

Habían pasado como tres o cuatro días. O, no sé, quizás una semana, dos días, veinticinco. No sabía muy bien qué día era pero me pareció que era hora de volver a comer. Nunca me había pasado eso de no querer comer cuando me ponía triste. Pero es que esta vez no estaba triste, estaba más bien como muerta, como un sobre de sal usado; no está del todo vacío pero está roto y la sal que le queda va a ir a parar a la basura.
Tampoco sabía qué hora era, pero supuse que no podían ser más de las 11 de la mañana. El sol no estaba tan alto en el cielo, y aunque hacía días que no miraba un reloj todavía tenía el poder de diferenciar día y noche. No hacía mucho había sido de noche. Lo sabía porque no había podido dormir casi nada. Mientras llorás, si llorás muy fuerte y tenés ganas de seguir llorando no te podés dormir.
Lo mejor era ir a comprar algo para desayunar, lo que fuera. De repente tenía un hambre que podía atravesar paredes y comerse hasta las nubes que no había en el cielo esa mañana. Lo que seguro no pensaba hacer era vestirme. Era otoño y, la verdad, no hacía frío pero me puse la primer campera que encontré, y salí con la ropa que tenía puesta hacía ya más de un día. Por suerte el chino está a media cuadra, no te cruzás a nadie en media cuadra.
El supermercado chino de la esquina seguía tan horrible como siempre. El tipo de la caja con la uña del meñique larga, nunca quise ni imaginar en dónde mete esa uña amarillenta. Los pisos mal lavados, las góndolas con los productos medio, del todo, desordenados. El carnicero con la heladera-mostrador semi vacía, con los cuchillos en la mano, esperando que alguien le fuera a comprar aunque sea un cuarto de carne picada. Toda esa gente me conoce porque voy siempre a comprar ahí, pero me pareció una gran idea ignorar los saludos de todos y concentrarme en mi desayuno. Pensé en comprar cereal, pero me paré frente a los cereales y casi me largo a llorar de nuevo cuando vi los que él siempre compraba. Después pasé por las heladeras y sentí que me dolían los huesos cuando vi el yogur de frutilla y todos los tipos de quesos que vendían, porque él también tenía ese hábito horrible de mezclar cualquier cosa y solía desayunar yogur con un sandwich de queso y lo que encontrara para ponerle. La verdad que eso me parecía casi tan asqueroso como las uñas largas del chino de la caja, pero era mucho más lindo verlo comer que decirle que sus combinaciones alimenticias eran una porquería. A mi siempre me gustaba mirarlo haciendo cosas. Comiendo, mirando la tele, haciendo no sé qué en la computadora, mientras elegía qué ropa ponerse, cuando intentaba rascarse la espalda. Era como una enfermedad lo que tenía, porque el 99% de las veces era un tipo muy poco interesante, pero aún así no podía dejar de mirarlo. Y ahora me pasaba que salía hasta la esquina y  lo veía en todas las cosas que quería comprar; porque también era fanático del pan lactal, aunque es un pan de mierda. Le gustaban todas cosas de mierda, y a mi me gustaba todo lo que le gustaba porque yo también era una pelotuda cuando estaba con él. Al final terminé comprando unas tostadas light de esas que ya vienen hechas y son como comer cartón, porque lo único que no le gustaba era la comida de dieta. Iba a untarlas con ese queso crema horrible que tenía en la heladera desde no sé cuándo. Total, de última, de algo hay que morir.
Agarré también comida como para preparar almuerzo y cena, nunca sabés cuanto puede durar el pico de ganas de vivir después de días enteros de depresión extrema e injustificada. Abajo de la campera todavía tenía el pijama, y no me había peinado para salir a la calle. El chino me miraba raro mientras iba pasando todo lo que iba a llevar. A mi la verdad me importó un cuerno, porque por lo menos yo no tenía una uña larga y amarilla como la suya; si pasaba por la ducha y me calzaba cualquier vestido, ya parecía una persona decente de nuevo.
Pagué con unos billetes arrugados que había encontrado hechos un bollo arriba de la mesa en la cocina. Tuve que usar unas monedas que estaban en el bolsillo de la campera porque sino no me alcanzaba, siempre me olvido de salir con plata suficiente. Para esa altura la mirada del chino me había puesto un poco nerviosa y lo único que quería era irme de nuevo a mi casa donde nadie me miraba, para untar las tostadas lejos de cualquier uña larga oriental. 
Salí tan apurada y pensando en cualquier cosa que no vi que justo entraba alguien. Lo choqué con ganas y se me cayó al piso la bolsa, y un poco también la dignidad que me quedaba, que se escondía abajo de mi campera. Era mi vecino, ese que creo que vive en el piso de abajo, en el sexto. Siempre me lo cruzo en el ascensor pero nunca me animé a hablarle, porque antes solo tenía cosas estúpidas para decir. No me importaba el clima, la política, o el amor entre los famosos de turno que pasaban por televisión. Estaba ocupada mirando las cosas que él hacía; no mi vecino, digo el tarado de mi ex. Tenía ganas de comerme en cinco minutos todo lo que había comprado porque ahora me parecía realmente estúpido haber pasado días sin comer tirada en el piso, inmovil, pensando en porqué a mi y llorando con películas románticas y dramas. 
A todo esto, seguía levantando las cosas de la bolsa sin atreverme a mirar al del 6°, porque estaba toda sucia y había comprado tostadas light. Me fui muy rápido a mi casa, arrepentidísima de haber salido en pijama, no hacía falta. A nadie le interesaba mi estúpida depresión.
Ya fue, al rato me había olvidado, y el queso crema no estaba tan mal. Seguía untando las tostadas mientras buscaba algo para ver en la tele, no encontraba nada porque los sábados la tele es una mierda. Gracias a la tele había descubierto que era sábado, así que no tenía que encontrar una excusa para faltar de nuevo a trabajar. Mientras untaba la tercer tostada, pensando que aunque eran una porquería estaba muy bien volver a comer, sonó el timbre. No el de la puerta de calle sino el de arriba. Nadie tocaba ese timbre nunca, porque no conocía gente en todo el edificio. Cuando salí a mirar quién era no vi a nadie, pero había un cartel pegado del lado de afuera de la puerta. 
Qué bueno que nos chocamos hoy. Si no te hubiera visto así, despeinada, capaz no se me ocurría invitarte a cenar esta noche. Ah, me llamo Franco, sé que te llamás Paulina porque me lo dijo la del 7° b. Del otro lado del papel anoté mi celular. Espero que puedas, Franco.

P.D.: No te ofendas por eso de haberte visto despeinada, lo que trato de decir es que estabas muy linda.
Cualquiera lo que acababa de pasar. Era el vecino lindo del 6°, el del ascensor, el que acababa de verme en pijama y con cara de que llevaba una semana de depresión encima. ¿Sabría él que hasta hace unas semanas tenía novio y ahora ya no? ¿Qué era eso de dejarme un papel pegado en la puerta? ¿Por qué sabía mi nombre? ¿Qué iba a contestarle? Mientras lo pensaba comí como cinco tostadas más, no se puede tomar decisiones con el estómago vacío, y menos todavía si no comiste por una cantidad indeterminada de días. Para cuando se terminó el queso crema ya había decidido. En ese momento no me importaba mucho la góndola de los cereales ni el yogur de frutilla. Tampoco me interesaba agregar a mi vecino Franco como contacto en el celular, yo también iba a jugar. Busqué esa lapicera roja que me gustaba por cómo escribía, arranqué un pedazo del diario que tenía arriba de la mesa hace más de una semana, agarré la cinta scotch que me había llevado de la oficina, y bajé por escalera el piso que me separaba de lo de Franco, no tenía ganas de esperar un ascensor. Digo, no me interesaba agendarlo en el celular porque el juego tenía algunas reglas que acababa de inventar, teníamos que comunicarnos los dos por el mismo medio. Después de escribirle una nota y correr tras tocar el timbre subí a darme una ducha y ordenar un poco mi casa. No sé porque todavía tenía puesta la campera, pero me di cuenta de que hacía bastante calor aunque estábamos en otoño. Si no andaba en pijama, entonces, no necesitaba campera para ocultarlo. En poco rato había planeado hacer un montón de cosas esa tarde de sábado, el mundo parecía un lugar mucho mejor ahora que ya no estaba mimetizada con la alfombra del comedor. Lo que sí no planeaba hacer era peinarme mucho, tenía que mantener el estilo para esa noche.

martes, 22 de enero de 2013

El día que nacieron los nuevos recuerdos I.

Cuando ella decía que tenía vergüenza hablaba de verdad. A todos les parecía estúpido pero ella lo decía en serio. Le daban vergüenza muchas cosas. Desde que tenía memoria había sido así, extremadamente tímida. Hacerse la graciosa era su escudo, en esa cosa del chiste espontaneo se escondía de todo lo que le implicaba ser ella delante de algún otro.
No había mentido cuando decía que le daba vergüenza ir a su casa para conocerlo. Le parecía exagerado, pero aparte le daba mucha vergüenza. No se sentía segura de si misma, ¿qué iba a hacer si a él no le gustaba nada de ella y estaba en su casa? Estaba claro que en su casa era más complicado, y no gustarle a alguien siempre era una posibilidad. Era lo que acostumbraba. Si le hubiera gustado a alguien de verdad ahora no estaría sola, pensaba muy a menudo. En su razonamiento ella era siempre el factor que fallaba. Sabía que todo tenía que ver con todo, que esas ideas se habían instalado en su cabeza por todo lo que le había salido mal antes. Porque aunque algunas ideas y sucesos se hacían lejanos, nunca se iban de ahí. No conocía nada de esa tal resiliencia.
Por eso, entre otras cosas, no quería ir a su casa. La ponía sumamente nerviosa que de diez palabras de las que decía, al menos una hiciera referencia a que era linda, si no las diez. Ni siquiera la conocía, eso le respondía siempre, pero él igual decía que salía linda en las fotos y que seguro iba a ser linda. Todo era demasiado ridículo. Tenía que salir corriendo de ese cuento, encontrar que era lo que la tenía atada y siempre atenta a semejante pavada, y salirse enseguida.
Bueno, era obvio que eso de salirse no iba a pasar realmente, pero nunca pensó que iba a darse vuelta todo tan rápido. Poco después del mediodía del viernes ya tenía un reemplazo para el plan original, que había dado por suspendido después de la discusión de la noche anterior, iba a ver a una amiga con la que hacía tiempo no se juntaba. Justo a media hora de haber confirmado ese encuentro apareció él, como acostumbraba. – Me estaba por ir a dormir la siesta pero quería ver si todavía querés que nos veamos hoy. – Igual que siempre, se iba a dormir. Ella le explicó que tenía nuevos planes, pero que igual podían encontrar un rato para verse. No tenía ganas de seguir peleando por lo de la noche anterior, ya ni se acordaba qué había pasado. Él estaba por tirarse atrás una vez más porque se le daba mucho más fácil ser rechazado que armar planes sobre la hora. Pero justo a tiempo ella le dijo que arreglaran algo, que el otro plan podía esperar y que sí quería verlo.
Él solía decirle que nunca la entendía, pero ella estaba siendo muy clara, al menos esta vez. Hasta le preguntaba a qué hora y cómo tenía que llegar a su casa, más clara y concreta no podía ser. En un rapto de humanidad, él le dijo que primero la iba a llevar a cenar. No quería que fuera a su casa así de la nada, sin conocerse. A ella le pareció lindo y terminó de olvidarse de todo lo que la había hecho enojarse en esa semana.
Parecía asomarse el principio del fin de la relación cibernética complicada y sin sentido. Cuando se olía que todo estaba destinado a fracasar, finalmente iban a verse las caras.
Estaba todavía en el colectivo cuando dieron las 9 pm y le llegó un mensaje de texto. - Ya llegué, me vas a hacer esperar acá con el calor que hace? - siempre tan simpático él. Respondió enseguida, - yo estoy a pocas cuadras con el colectivo, estoy nerviosa y posta tengo mucha vergüenza, espero que me comprendas si me pongo colorada cuando te vea-. Estaba a segundos de conocerlo, esta vez era de verdad.

jueves, 17 de enero de 2013

Ah


- Mi mamá me dejó ir a comprarme un helado esta tarde. Ella piensa que salir por el barrio no es tan peligroso como dicen, que puedo ir sola y hasta quedarme un rato en la plaza. Me dijo que cuando era chica iba siempre a la plaza, pasaba más tiempo ahí que en su casa, y casi no miraban tele porque había pocos canales. Ahora no vamos nunca a la plaza nosotros. Estoy más acostumbrada a la compu, no existía la computadora cuando ella era chica, ¿entendés lo que es eso? no sé como hacían la verdad. Bueno, no sé, lo importante igual es que hoy quiero ir a comprar helado y un rato a las hamacas también. Pero no quiero ir sola, entonces quería ver si vos querés venir conmigo, porque el quiosco queda re cerca de tu casa y aparte también quiero invitarte un helado.
- Ay, pero no sé si puedo.
- Está bien si no podés, puedo ir sola. Igual yo no te pregunté si podías, te pregunté si querías.
- Ah.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Taladro

A veces pienso cosas extrañas cuando pienso en vos. Como que me gustaría poder morderte la nariz sin que te parezca raro, tirarte de una oreja, o hacer que te tropieces para ayudarte a levantarte y que nos riamos porque caiste de forma graciosa. No te lo digo nunca porque imagino que vas a pensar que estoy loca, que en realidad no me conocías lo suficiente y no vas a querer tenerme cerca ni un rato más. No sé, para mi a veces el cariño es tan grande que se vuelve difícil de expresar. Esta violencia puede llegar a significar mucho más que un buen gesto. Pero no hablo de violencia de lastimar de verdad, a alguien que querés no vas a lastimarlo intencionalmente. Es esa violencia de que te quiero tanto que una caricia expresa poco, muy poco, en comparación con una cachetada; y un beso, claro, mucho menos que una mordida. Sí, yo sé que parece raro lo que estoy diciendo, pero, ¿a vos nunca te pasó? ¿Nunca pensaste que un perrito, por ejemplo, era tan lindo que cuando lo acariciabas querías aplastarle la cabeza con tus propias manos? ¿nunca pellizcaste con mucha fuerza unos cachetes y eran tus manos que actuaban cargadas de amor? Ah, ¿no te pasa eso a vos? ¿ de verdad? ¿Es que tus sentimientos no son lo suficientemente fuertes? Entonces, me parece, voy a tener que pensar un poco en esto. Mis ganas de morderte esa nariz perfecta que tenés capaz no son correspondidas. Un beso en la nariz puede ser la ternura, pero la mordida pesa más porque está repleta de sentimientos poderosos. Y vos me decís que a vos no te pasa. Sentimientos poderosos son los que se manejan en esta relación, si a vos no te pasa lo mismo yo no puedo, se me tuerce la balanza. Y ni siquiera oses volver a decirme que esto que te digo no tiene sentido como acabás de hacer. Yo con las cosas a medias no. A mi, atravesame con tus sentimientos o soltame la mano y dejame caminar. No sigas, porque no vas a convencerme con tus palabras, esas apenas me rozan la mano.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Telescopio

Quisiera tener un telescopio
para poder mirarte
y ver en detalle qué pensás
o animarme a preguntarlo
para no intentar adivinar.

Quisiera entender más de tiempos
para no confundir el momento
y no querer viajar cientos
miles de cientos de años luz
en tiempo record universal.

Quisiera saber un poco más
de todo eso de lo que hablás
y no sentir que me falta viaje
para estar como a tu altura
sin llenarme de maquillaje.

Quisiera que todo fuera así
como salido de una película
y saber que es bueno el final
aunque no sepa atar el nudo
el desenlace siempre es real.

Quisiera saber usar el telescopio
para poder mirar tus tiempos
y saber más de tu viaje
pero que el final no nos encuentre
que la película no termine en el peaje.

Soles

Sale el sol. Sale como quien dice que está saliendo, pero en realidad está quieto, los que salimos somos nosotros. Salimos de la oscuridad, salimos porque vivimos dando vueltas. Y el sol alumbra todo, brilla de lo lindo el sol. No sabemos muy bien porqué, pero brilla. El otro día a mi me explicaron por qué el sol brillaba. Pero decían unas palabras que ahora no recuerdo, y además en ese momento estaba pensando en otras cosas que me quedaban más cerca y brillaban igual. Igual que el sol, que sale y brilla, brilla tanto que no  podemos verlo a los ojos para intercambiar miradas. De todas formas lo queremos, digo, yo lo quiero al sol. Es que no podríamos vivir sin él, y sin embargo, es tan inútil. Está ahí quieto, no trabaja nada. Está ahí para que lo miremos; pero apenas intentamos hacer contacto nos deja un poco ciegos. Y ni hablar del sol cuando se topa con las nubes. Las nubes lo tapan, pueden taparlo por días mientras bailan por el cielo, y el sol no hace nada porque se cree el centro de la galaxia. Aunque sí es el centro de la galaxia, dicen que la estrella más importante, que es tan importante que no podemos mirarlo. Por eso sale el sol, porque aunque no haga nada, viene y hace brillar todo. Y yo pienso que nos está saliendo el sol, pero también está todo lleno de nubes. Si el sol no brilla no veo bien, no veo porque aparte de tanto mirarlo me fui quedando ciega- Y no me sale tampoco dejar de mirarlo, porque el que sale es el sol. Y así como sale se va, quién pudiera averiguar a dónde, y vuelve más tarde. Ahí, justo cuando el sol se va, todo es más confuso. Como cuando hay nubes, como cuando no sabés muy bien porque mirás a alguien y brilla como si fuera el sol. Aunque no te esté alumbrando nada, brilla y no querés que deje de brillar, porque brillar le queda bien. Y porque si el sol no brillara andá a saber qué pasaría con nosotros, que giramos al rededor suyo como si fuera la estrella más importante, como si de verdad saliera todos los días para hacernos brillar también.
Qué importante que es el sol. Qué importante parece la gente cuando se hace sol.