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domingo, 3 de agosto de 2014

Romper.

- No me querés. Es obvio.
- Está bien, como digas.
- ¿Ves? Ni siquiera intentás contradecirme, no me querés.
- ¿Para qué voy a contradecite si vos siempre pensás lo que querés? No podés mirar a nadie que no sea vos, y yo no soy vos, por más que quieras.
- Andate a cagar.
- Tengo razón, ¿Viste?
- Andate a cagar.
- Ya me dijiste eso, ¿cómo no te voy a querer? si no te quisiera no soportaría ni un ratito estos desplantes ridículos que hacés. No sé que te pensás que porque no te querés vos no te puede querer nadie. Mejor no empecemos.
- ¿Mejor no empecemos qué? ¿Vos te pensás en serio que yo no me quiero? a ver, ¿De donde sacaste esa pelotudez?
- Es obvio, si no no arruinarías todo. Digo, eso es lo que decís vos "arruino todo lo que toco", si te quisieras no necesitarías decir todas esas imbecilidades que decís sobre vos.
- ¿No ves? No entendés nada. Todos piensan que me quiero poco, ojalá fuera eso. Al final sos cualquiera vos también.
- ¿Ojalá? decime, dale, de qué carajo hablás ahora.
- Esto, el problema que tengo es que me quiero demasiado como para pertenecer a cualquier cosa. Por eso me arruino sin parar, para salvarme no sé de qué.
- No tiene sentido lo que estás diciendo, cortala.
- Para mi sí tiene sentido. Me quiero tanto que mientras pueda evito arriesgarme a perderme en cualquier cosa. Mejor romper todo antes de que todo me rompa.
- Cada vez se pone más raro lo que decís...
- ¿Raro? Adentro mío hay un mundo perfecto, que no existe, claro. No me gusta pasarla mal y a veces siento que ese es el único camino, por eso me freno antes de ser parte de nada. Es una trampa que me armé yo, y ahora no sé cómo salir. ¿Seguís pensando que no me quiero?
- Ya no sé qué pensar. No sé qué me estás exigiendo si no podés querer nada. ¿Qué hago yo acá entonces? ¿Qué hacés vos pidiéndome que te quiera? 
- No te pedí nada yo, solo dije que no me querías. Es fácil lo que digo, ya sé que estoy lejos de cualquier tipo de perfección, pero no me hace falta ser nada más. Mi mundo, vos, esto que tenemos sí es perfecto, pero no existe nada. Te acuso porque creo que a vos también te quiero y siguiendo esta dinámica de mierda es el momento en el que tengo que arruinarlo todo para salvarme de que algo pueda salir mal.
- No termino de entender si lo que me estás diciendo es bueno o no.
- Decime que me querés vos también y, te prometo, voy a dejar de romper todo.
- Te quiero, pero ahora tengo miedo.
- No te asustes. No voy a hacerte nada malo.
- ¿En serio me decís? después de este discurso de auto-amor y odio, o lo que sea, no sé que pensar.
- Olvidate de toda esa mierda, y si no podés pensá en que aprendí a querer algo que no soy yo y fue todo gracias a vos.
- Me estás convenciendo, me parece. Igual no te confíes tanto.
- Dame un poquito más de tiempo y vas a ver, lo que menos quiero es romper esto y por eso tuve miedo. Te juro que nunca antes me había pasado.

lunes, 28 de julio de 2014

No significa nada.

Quizás porque nunca había aprendido como querer, nadie le había enseñado los pasos a seguir para cuidar una planta y que creciera fuerte, o que al menos creciera. Sus relaciones, si podía llamarlas así, habían durado lo que un suspiro, de esos bien profundos y sentidos pero cortitos, porque los pulmones tampoco guardan tanto aire. Enseguida le costaba respirar y tenia que huir corriendo como podía de los monstruos que ella misma se creaba.
Un beso no se le niega a nadie decía, y entonces besaba. De a poco su lema se fue deformando, porque mientras no tuviera que decir te quiero podía ofrecer lo que fuera que el otro que tenía en frente quisiera de ella. - Para mi un te quiero es mucho más groso que cualquier otra cosa que pueda hacer con cualquiera, por eso no me importan sus malditos pasos a seguir - decía primero. - ¿Querés que te diga? Ésto no significa nada para mi, vos porque siempre cogés con el mismo, si no hay amor no significa absolutamente nada - completaba enseguida. Y en verdad creía lo que decía, porque no sabía que eso adentro suyo que siempre estaba vacío podía llenarse de algún modo.
Cuando alguien le interesaba más de la cuenta su estrategia era la peor de todas. Empezaba por lo que mejor le salía, porque pensaba que quizás con el tiempo podría mostrar quién era además de qué cosas había aprendido a hacer, y de repente todo podía cambiar. Como si las secuencias que ella misma digitaba fueran a permitirle expresar algún tipo de emoción o sentimiento sin arruinarlo todo.
A veces se cansaba de tantas caras con la misma expresión de ausencia, había facciones que no conocía porque nunca le habían hablado de amor. - Es una responsabilidad tan grande querer, a veces prefiero hacer el trabajo que conozco y me salvo de tener que cuidar de la vida alguien más - intentaba convencerse. Pero en el fondo más oscuro y prohibido de su mente una voz que casi no reconocía le pedía encarecidamente que se animara a querer bien, que lo intentara, que dejara de engañarse y engañar, que encendiera la luz. No, aún no era tiempo de escucharla. Apenas pudo la encerró y perdió la llave entre algunos labios con los que sabía, lo más probable era que no se volviera a cruzar. Todavía no sabe cómo.

lunes, 7 de julio de 2014

Papel reciclado

Estoy escribiendo en este cuaderno, que costó como ochenta pesos pero tiene hojas lisas y un gatito en la tapa, porque necesito que aunque sea estas páginas de papel reciclado sepan todas las cosas que tengo adentro y nunca puedo decirte. No puedo porque no tendría sentido decirte nada, porque lo nuestro no son las palabras, porque ninguno de los dos las deja pasar.
A veces pienso que la soledad da tanto miedo que necesitamos hacer cualquier cosa para estar un poco menos solos, y ¿sabés? la mayoría del tiempo nos estamos haciendo mierda. No digo vos y yo, es una cosa de todo el mundo. Hacemos lo que esté a nuestro para que nos vean, porque a la vez nada de lo que hacemos tiene sentido si no nos están mirando. Perdí la cuenta ya de las veces que me contaron sobre gente que se trata horrible pero sostiene relaciones espantosas porque basura es mejor que nada. Y no digo que entre nosotros haya mugre, si así fuera no me tomaría el trabajo de escribirte, bah, de escribir esto que estoy pensando hace un rato. Hasta estoy considerando la posibilidad de mandarte todo en una carta por correo. ¿Cuanto saldrá una simple? La última vez que mandé algo me costó $2,50, ni me acuerdo para quién era. No sé que pensarías si recibís esto por debajo de la puerta, porque viste que lo nuestro no son las palabras.
Algunos días te miro fijo y prefiero quedarme callada, porque si dijera todo lo que pienso podrías asustarte y no volver nunca más. Otras veces necesito decirte que tengo mucho miedo. Miedo de que me quieras, y más miedo todavía de que no me quieras y te hagas humo en un instante. Siento que yo no brillo tanto cerca tuyo, pero no quiero hacerme invisible. Necesito que me veas, solo un poco. No sé si quiero mostrarte todo pero, por favor, no mires para otro lado. Me doy cuenta de que a veces caminamos como ciegos. No queremos ver nada de lo que pasa al rededor nuestro, mejor ni ver qué estamos haciendo. Porque quizás no estamos haciendo nada, o lo que hacemos está tan mal que mejor no mirarnos todavía porque no estamos listos para perdernos.
Es posible que de algún modo sea necesario que te diga lo que pienso para que sepas con quién estás por mirarte. Si te asustás es cosa tuya, y yo me salvo a tiempo de que me lances al vacío y pegues media vuelta sin dejar rastro. Porque cuando queramos acordarnos vamos a estar los dos metidos en una licuadora, bailando entre frutas de estación y hielo picado, atrapados entre nosotros; rompiéndonos la cabeza pensando en cómo salir sin esperar a que otro saque la tapa. No quiero que pienses que estoy exagerando, quizás en un tiempo hasta nos gusta el licuado y no hace falta que andemos esquivando frutas; pero dejame ahora que te cuente esto que pienso, aunque entre nosotros la cosa sea jugar a que no pensamos.
Si te llega esta carta por correo tené en cuenta que arranqué una hoja del cuaderno solo para contarte lo que pienso de nosotros, para reciclar esto que tengo adentro en vez de tirarlo a la basura. Y si no te llega jamás, es probable es que haya descubierto que es estúpido arruinar nuestra caminata lunar llenándola de gravedad cuando podemos jugar a que el universo es nuestro sin preguntarnos nada. En ese caso espero que lo nuestro no sean las palabras, por lo menos de acá a lo que dure nuestro universo.

lunes, 7 de abril de 2014

Te espero temprano

Estoy por despertarme, casi me doy cuenta de que esto no es la vida real, pero podría parecersele un poco. No quiero despertarme, de verdad no quiero. Estoy sentada en la cama de una habitación como la mía. Las paredes son distintas, la cama está en otra parte y la puerta corrediza de vidrio es la misma, pero las cortinas son de otro color. Está la luz apagada, aunque un pedazo de sol viste todo con su brillo. Ahí estoy, no sé si tengo miedo, no sé si estoy nerviosa, no sé si no entiendo que va a pasar. Estoy esperando algo, creo que a alguien. Miro hacia la puerta, lo poco que se ve entre las cortinas semi abiertas. Alguien que se acaba de ir está por volver en cualquier momento. Algo le dije, algo tiene que contestarme, de algo no estoy segura. Un poco sé que estas emociones no son reales, pero no quiero despertarme todavía, no sin resolver el misterio. Quizás tengo idea de a quién espero, lo sé por cómo lo espero. Entonces dejo de pensar, no sé si dentro de mi historia o desde mi costado consciente que hace fuerza por despertarme, y cuando vuelvo a echarle el ojo a la puerta lo veo entrar. Mira sonriendo, se acerca, y se detiene en mis ojos durante lo que para mi son años, sin pestanear. Me pongo nerviosa, algo adentro mío golpea furioso, más que mariposas lo imagino parecido a un granizo de esos que rompen vidrios y asustan a la gente. Miro para otro lado sin dejar de morderme el labio, esta emoción se siente demasiado real como para no serlo. Ahora me está diciendo algo, me habla al oído pero no deja de mirarme, aunque me habla mi no entiendo bien lo que dice. Creo que lo escucho, pero en realidad no retengo ni una palabra porque sigo nerviosa, sorprendida, encantada, ansiosa, tanto que quiero romper platos usándolos como frisbees, algo. ¿Qué me estás queriendo decir? le digo, pero ahora no habla, ya lo dijo todo. Se toma menos de un segundo para volver a mirarme a los ojos, entiendo que quiere acercarse más, pero no le doy tiempo y el beso se lo doy yo. ¿De verdad está pasando? pregunto y sé que no, pero ahí mismo, dentro de esa historia me digo qué sí. Dejá de pensar ahora, eso me digo. La euforia es tal que casi abro los ojos, pero justo a tiempo vuelvo al beso, que dure un ratito más. Ahora que todo es victoria, recuerdo que al principio estaba llorando, un poco antes de sentarme en la cama a esperar. Sigue sin decir nada pero me seca lo que queda de esas lagrimas que quedaron viejas. Nunca me sentí tan a gusto en un momento como este, semejante a lo que detesto por demasiado romántico. No entiendo cómo, cómo experimento así la certeza de que podría quedarme por siempre en esa mirada; que, por cierto, creo que estoy inventando porque casi no la conozco. Tampoco cómo puedo tener tan claro que no está pasando pero a la vez sentir que me quedaría acá para siempre, es que casi siento el roce de sus labios, que también son inventados. Ahora soy yo la que sonríe, y hago algo con la cara; no sé bien, eso que te sale cuando querés a alguien que te está queriendo también.
Un poco más abajo del cuello, tirando al lado izquierdo, siento como una cosa que hace fuerza desde adentro y me cuesta respirar, pero se siente increíble al mismo tiempo. Quiero mover el brazo hacia mi pecho para avisarle que afuera todo está muy bien, pero no me responde, de nuevo recuerdo que en realidad no estoy ahí. Es justo en este momento cuando todo empieza a perder sentido. Estoy a punto de increparle que no es de verdad, que deje de engañarme, que si en realidad hubiera querido decirme que sí su versión existente hubiera hecho algo diferente conmigo. Al mismo tiempo le pido a mi cerebro que aguante un poquito más, me lo pido a mi, no quiero salir de ese lugar; de la luz entrando entre las cortinas, la cama con acolchado bordó, su mano en mi mejilla y los ojos inventados, tan profundos. Pero es inevitable, sé que no es su culpa no ser real; sé que soy yo por querer lo que no existe y pasear sin correa a las esperanzas, la fantasía y todo eso, pero sobre todo la culpa es de la fantasía.
Para cuando quiero darme cuenta ya abrí los ojos, una milésima de segundo, lo suficiente para ver al sol de verdad que se asoma entre las cortinas del que sí es mi cuarto. Vuelvo a cerrarlos rápido pero ya es tarde, mi cuerpo se mueve un poco para avisarme que estoy de vuelta. Los mantengo cerrados buscando su mirada, pero no vuelve. Aunque haga fuerza, aunque intente inventarlo. Ahora solo queda un recuerdo vago de esa sonrisa y las palabras que no le escuché decir.
La próxima vez que vea pasar un avión voy a cruzar los dedos para pedir que mis sueños, sobre todos éste, sean el trailer de lo que tarde o temprano va a suceder. Te espero temprano, mejor.

martes, 11 de febrero de 2014

Tráiganme lejos

Resulta que no te diste cuenta pero de repente tu vida se volvió tu peor pesadilla. Te levantabas a la mañana con 45 quilos de más en cada hombro, te dolía tener que levantarte para salir y hacer las cosas de todos los días. Los horarios no importaban, los lugares no importaban, la gente no importaba. Las caras eran todas iguales, lo mismo las conversaciones. La ropa no te quedaba linda, el pelo nunca peinado, la espalda siempre encorvada. La siesta, la única salida ansiada.
De a poco esa vida te fue arrinconando, te puso contra la pared y te cercó los costados. Te cubríó con un techo negro y te polarizó los ojos para que no vieras el sol. De veras no te diste cuenta, pensaste que ese cuadradito oscuro era lo normal, lo  que existía, que tenías que quedarte ahí.
Sin espacio para moverte, sin peinados que mostrar, sin gente a quién querer mirar a los ojos.
Cuando parecía que te crecían raíces en los pies, saliste. Te fuiste lejos, te fuiste mucho. Viste caras, sentiste el roce de otra piel, escuchaste voces, te sacaste el peso de encima, te levantaste sonriendo, quisiste hacer cosas, muchas. Te vestiste bien, te peinaste un poco, volviste a sonreír, descubriste que no hay paredes ni techo si uno no los deja quedarse.
Después de un tiempo no quedó otra que volver a tu cuadrado, con el interior expandido y el exterior exultante. Ya no hay espacio en tu rincón del mundo. ¿Así se siente sentir que querés quedarte para siempre un lugar? No un lugar físico, bah; sí un lugar real en el que pisás el suelo, pero que es puente para que veas dentro tuyo el cielo. Podés ser increible, ahora querés ser increible. Sin muros, sin cielo raso, sin los ojos tapados. ¿Cómo se vuelve a un lugar en el que nunca quisiste estar? ¿Cómo te olvidás del lugar en el que quisiste volver a vivir? Es difícil pero así, que no se te escape nunca que la clave no está en el aire que respirás, sino en las ideas que cocinás.

jueves, 16 de mayo de 2013

Dormir

Qué porquería el Invierno. A mi Me gusta. Y a mi no, es una mierda. Abrigarse es lindo, y dormir abrazados, y... Pará, ¿dormir abrazados? ¿qué es eso? ¿vendés colchones vos? No, no sé, pero en verano te cagás de calor durmiendo con alguien, tenés que reconocerlo. Meh, reconocer nada, si a vos te gusta sufrir el frío cosa tuya, yo duermo con quien quiera cuando quiera; al carajo esas mersadas de la cucharita y el no sé que, poesía barata. Bien que te gusta más dormir con alguien que con nadie. "Con nadie", con nadie es una decisión. Claro. Posta te digo, no me van esas boludeces del amor, y el frío, y el amor, y abrazame, y el amor, y vení a dormir conmigo que tengo frío, y el amor, y ay necesito atención todo el tiempo; tus pies fríos a mi no, atragantate con un té anti-gripal. No te creo. No me creas. Si decís que no te gusta es porque no tenés. Si digo que no me gusta es porque hasta que no me pase que me guste no me va a gustar. Ah, que fácil todo. ¿Qué querés? ¿qué llore amor y le pida abrazos a las bufandas? me cago en el frío y en el amor, o al revés, en el amor y en el frío, son lo mismo. Perdiste, no estabamos hablando de amor, ni de mersadas, o sí, de mersadas sí; halábamos de dormir con alguien para pasar el frío. Perdón, hablabamos de que el invierno es una mierda, y de que llenar la cama no justifica frío; si necesitás frío para meter a alguien en tu cama perdiste vos. No perdí yo, perdemos todos todo el tiempo; vos quejándote de cualquier cosa, yo tratando de justificar la limosna que es pedir un abrazo una noche de invierno. ¿Qué gracia tiene esta conversación? No sé, vos empezaste. No, vos. Bueno, ya fue, ya me dijiste todo lo que pensabas; seguro que si te invito a dormir esta noche o cuando sea vendrías aunque haga frío. Ajam, ¿vos decís? y yo creo que vos me invitarías aunque fuera 7 de enero con 45° a la sombra. Sí, tenés razón, bueno, ¿y entonces? ¿Entonces qué? No sé, nada, entonces nada. Ah, está bien. Bueno, creo que me voy a acostar a ver si duermo algo. Está bien, yo también quiero lo mismo. ¿Qué querés? ¿dormir o acostarte acá? No sé, lo que sea. Sí, ya sé, todos queremos lo mismo. Bueno, andate si te ibas. Ah, listo, si me lo pedís así me voy. Sí. Okey, chau. Chau vos, dormí.

sábado, 20 de abril de 2013

Cara de paisaje

A veces me olvido de tu cara. No es que me la olvide realmente. Digo, la vi tantas veces que no tengo ni que pensar cuando te recuerdo. Igual me olvido, de como movés las cejas, de cuán recta es tu nariz, de si te mordés o no el labio, de cómo se siente tu piel cuando te afeitás. Y me acuerdo de tu cara como me acuerdo de un paisaje, con vida pero inmóvil, una foto permanente. Sin expresión, vacío, porque así eras, vacío. A toda hora, todos los días, todo el tiempo, vacío.
A mi tampoco me gustaba jugar al romanticismo, ¿para qué? Es otra forma de mentirse. Lo que sirve es ir de frente, como salga pero ir. Eso te decía siempre. Tu problema era ese de no ir a ningún lado. Tampoco le veo la gracia, y por eso digo que tu cara es como un paisaje. Hermoso pero lejano, inmóvil e inmenso, sublime pero aterrador.
Otras veces me acuerdo de algunas cosas, una sonrisa quizás, pero no de cómo movías las cejas, o de si te mordías el labio. Esos son detalles, y entre nosotros no había detalles. Me acuerdo de todo lo que era relevante, de todo lo que era todo. De tus manos, de cómo me tocaban, de que tu pelo me hacía cosquillas cuando te apoyabas entre mis hombros. De tu respiración, rápida y después más lenta, después rápida de nuevo. De los besos en el cuello y de que me mordías las orejas, de que durábamos para siempre entre las cuatro paredes de tu monoambiente con ventana al pulmón del edificio, aunque no duramos.
Igual lo de las orejas sí es un detalle, pero no había mucho detalle entre nosotros, no lo necesitábamos. Tampoco al romanticismo, podíamos mentirnos de otras maneras. Yo te mentí, cuando te dije que así ya no quería no era cierto. Te mentí, no era por los detalles, pero nunca pude decirte eso del paisaje inmóvil, y de cómo me asustaba y me gustaba quedar atrapada ahí adentro de la foto. No quería detalles, y creo que te diste cuenta, pero no hiciste nada. Vos no querías darme detalles, porque nunca hacías nada, porque no ibas a ningún lado. Porque eras un paisaje, pero también eras el monoambiente, y no te asomabas ni a la ventana porque daba al pulmón.
Ahora creo que extraño tu respiración y lo de las orejas. A veces me olvido de cómo es tu cara y, si lo pienso mejor, creo que me molestaba cómo movías las cejas.

miércoles, 3 de abril de 2013

Sentido

Abro los ojos, quiero volver a cerrarlos. Los cierro pero tengo que abrirlos. Me levanto porque no me queda otra. Bajo la escalera con los ojos cerrados de nuevo. Me mareo y me salvo de caerme por un pelito. Me ducho, la ducha es aburrida. Nada tiene sentido. Me pongo lo primero que encuentro porque no me importa que me miren, aunque al final no me gusta como me queda y tardo mucho en decidirme. Me esperan con el motor del auto encendido, casi no me doy cuenta y salgo con el cepillo de dientes en la boca. Llego tarde a trabajar, porque llegar temprano es darle demasiada importancia. Trabajar es una porquería. Nada tiene sentido. No tengo ganas de saludar a ninguna de las personas con las que trabajo. Serán muy simpáticos pero no me interesa que formen parte de mi vida. Me pagan por estar cerca suyo unas cuantas horas al día, nada más. Una me cae mal porque tiene onda con el compañero con el que yo estuve hace un tiempo. Ni siquiera me interesa, pero me cae mal de todas formas. No sé por qué me pareció buena idea en su momento, no sé porqué me repele esta chica si a mi no me hizo nada. No, no me interesa. Mi jefa habla en tono neutro a veces, a mi eso me parece demasiado estúpido. Quisiera estar usando el celular, pero me miran de reojo cuando lo agarro y empiezo a tocar la pantalla. No veo la hora de irme. Me molesta abrirle la puerta a todas las señoras que vienen a hablar sobre sus hijos y sonreírles como si. Le grito al teléfono cada vez que suena porque odio atenderlo. Espero que nadie se de cuenta de que en realidad estoy disimulando mi cara de orto. Voy a tuitear que odio todo. Lo tuiteo, no me responde nadie. Todos me ignoran siempre. Nada tiene sentido. Hoy no voy a almorzar, no me hace falta. Ya casi es la hora de irme. Podría comprar ropa cuando salga de acá. Puedo probármela y mirarme en el espejo, y amarme, y odiarme porque me queda mal, y comprarla igual porque algún día me va a quedar bien. Ahora estoy yendo a almorzar. Al final no me aguanté. Quiero una milanesa napolitana con papas fritas y una coca de 600, por favor. No tengo términos medios, entre el no-almuerzo y esta bestialidad no había otra opción, una lástima. Ya me siento mal de todo lo que comí, pero no quiero dejar nada. Voy a comer hasta la última papa frita. No sé ni qué hora es porque no traje el reloj, y no quiero salir del juego para mirar la hora en el celular. Siempre me olvido el reloj porque siempre me olvido todo. Hace poco que uso reloj, además. Había dejado de usarlo a los 17, para poder mirar la hora directamente en el celular. En realidad hacía como que miraba la hora en el celular, pero quería ver si un chico me mandaba mensajes y esa era la única forma de disimular mi demencia. Nada tiene sentido. Estoy probándome una pollera, es un talle más chico que el mío pero me cierra. De ahí a que me quede bien hay un abismo. Si no hay una más grande la voy a llevar igual, era cierto lo que decía antes sobre comprar. Al final había, mejor, tenía que comprarla porque salió solo cuarenta y nueve pesos. Recién ahora miro la hora. Se hizo tarde y no llego ni ahí a la facultad. A quién le importa que yo llegue tarde. Si nada tiene sentido. Siempre que viajo en colectivo creo que es el peor viaje de mi historia. Este es el peor de verdad. Llevo una hora acá arriba y no estoy ni a mitad de camino. Llego una hora tarde a clase y el profesor dice en voz alta que no tenemos que llegar tarde. En la clase me va horrible porque es práctica tenemos que hacer cosas que yo no sé hacer muy bien. Aparte a mi me da mucha vergüenza todo. Quiero que termine la clase porque tengo que irme rápido para otro lado, y no termina, no termina nunca. Ya fue, me estoy yendo antes de que el profesor termine de hablar. Ni siquiera sé para qué hago esto. Digo, yo soy la que elije estudiar, ya sé, pero no me interesa nada estudiar  Quisiera tener la posibilidad de no hacer nada y que no esté socialmente mal. No sé detrás de qué estoy corriendo. Nada tiene sentido. Como si fuera poco me lleno cada día de más cosas. Ahora no sé si empezar Canto o conseguir una psicóloga. Pongo todas las cosas en el mismo rango de importancia. No sé cantar, no sé tomar decisiones serias. Más o menos es lo mismo. Voy durmiendo en el colectivo pero está empezando a dolerme el cuello, y si no me babeé todavía está por pasar ahora. Debería despertarme porque ya casi llego a casa. Capaz no voy a ningún lado ahora. Me apuro para llegar pero no tengo ganas. Si lo que quiero es quedarme tirada sin hacer nada. Mi cama es el lugar perfecto. Tengo que caminar seis cuadras hasta casa. No me gusta caminar por acá porque todos tienen pinta de que podrían llegar a robarte y si después no te pasó nada te sentís la peor persona por haberlos juzgado mal a todos. Quiero tomar Coca Cola. Mientras, no entiendo cómo hace la gente que roba, yo no podría ni aunque quisiera. Capaz soy muy buena, capaz muy pelotuda, pero no puedo entrar en la cabeza de alguien que cree que puede justificar el sacarle a otra persona una cosa suya. Nada tiene sentido. No quisiera prender la computadora porque me cuelgo y no hago nada más. Pero ya lo estoy haciendo. Facebook es una mierda de aburrido. No me interesa lo que le pase a nadie de las personas que conozco. Ay, alguien acaba de comentar una foto que subí a Instagram. "Qué lindos ojos que tenés". No puedo evitar sonreír y querer devolver el halago con un abrazo cargado. Así de la nada me cambia el día. Como si todo tuviera sentido. Yo creo que las personas vivimos para otras personas, o para nosotros, que también somos personas. El resto, todo, no tiene sentido.

sábado, 2 de febrero de 2013

Tostadas light y cuando alguien se sabe tu nombre.

Habían pasado como tres o cuatro días. O, no sé, quizás una semana, dos días, veinticinco. No sabía muy bien qué día era pero me pareció que era hora de volver a comer. Nunca me había pasado eso de no querer comer cuando me ponía triste. Pero es que esta vez no estaba triste, estaba más bien como muerta, como un sobre de sal usado; no está del todo vacío pero está roto y la sal que le queda va a ir a parar a la basura.
Tampoco sabía qué hora era, pero supuse que no podían ser más de las 11 de la mañana. El sol no estaba tan alto en el cielo, y aunque hacía días que no miraba un reloj todavía tenía el poder de diferenciar día y noche. No hacía mucho había sido de noche. Lo sabía porque no había podido dormir casi nada. Mientras llorás, si llorás muy fuerte y tenés ganas de seguir llorando no te podés dormir.
Lo mejor era ir a comprar algo para desayunar, lo que fuera. De repente tenía un hambre que podía atravesar paredes y comerse hasta las nubes que no había en el cielo esa mañana. Lo que seguro no pensaba hacer era vestirme. Era otoño y, la verdad, no hacía frío pero me puse la primer campera que encontré, y salí con la ropa que tenía puesta hacía ya más de un día. Por suerte el chino está a media cuadra, no te cruzás a nadie en media cuadra.
El supermercado chino de la esquina seguía tan horrible como siempre. El tipo de la caja con la uña del meñique larga, nunca quise ni imaginar en dónde mete esa uña amarillenta. Los pisos mal lavados, las góndolas con los productos medio, del todo, desordenados. El carnicero con la heladera-mostrador semi vacía, con los cuchillos en la mano, esperando que alguien le fuera a comprar aunque sea un cuarto de carne picada. Toda esa gente me conoce porque voy siempre a comprar ahí, pero me pareció una gran idea ignorar los saludos de todos y concentrarme en mi desayuno. Pensé en comprar cereal, pero me paré frente a los cereales y casi me largo a llorar de nuevo cuando vi los que él siempre compraba. Después pasé por las heladeras y sentí que me dolían los huesos cuando vi el yogur de frutilla y todos los tipos de quesos que vendían, porque él también tenía ese hábito horrible de mezclar cualquier cosa y solía desayunar yogur con un sandwich de queso y lo que encontrara para ponerle. La verdad que eso me parecía casi tan asqueroso como las uñas largas del chino de la caja, pero era mucho más lindo verlo comer que decirle que sus combinaciones alimenticias eran una porquería. A mi siempre me gustaba mirarlo haciendo cosas. Comiendo, mirando la tele, haciendo no sé qué en la computadora, mientras elegía qué ropa ponerse, cuando intentaba rascarse la espalda. Era como una enfermedad lo que tenía, porque el 99% de las veces era un tipo muy poco interesante, pero aún así no podía dejar de mirarlo. Y ahora me pasaba que salía hasta la esquina y  lo veía en todas las cosas que quería comprar; porque también era fanático del pan lactal, aunque es un pan de mierda. Le gustaban todas cosas de mierda, y a mi me gustaba todo lo que le gustaba porque yo también era una pelotuda cuando estaba con él. Al final terminé comprando unas tostadas light de esas que ya vienen hechas y son como comer cartón, porque lo único que no le gustaba era la comida de dieta. Iba a untarlas con ese queso crema horrible que tenía en la heladera desde no sé cuándo. Total, de última, de algo hay que morir.
Agarré también comida como para preparar almuerzo y cena, nunca sabés cuanto puede durar el pico de ganas de vivir después de días enteros de depresión extrema e injustificada. Abajo de la campera todavía tenía el pijama, y no me había peinado para salir a la calle. El chino me miraba raro mientras iba pasando todo lo que iba a llevar. A mi la verdad me importó un cuerno, porque por lo menos yo no tenía una uña larga y amarilla como la suya; si pasaba por la ducha y me calzaba cualquier vestido, ya parecía una persona decente de nuevo.
Pagué con unos billetes arrugados que había encontrado hechos un bollo arriba de la mesa en la cocina. Tuve que usar unas monedas que estaban en el bolsillo de la campera porque sino no me alcanzaba, siempre me olvido de salir con plata suficiente. Para esa altura la mirada del chino me había puesto un poco nerviosa y lo único que quería era irme de nuevo a mi casa donde nadie me miraba, para untar las tostadas lejos de cualquier uña larga oriental. 
Salí tan apurada y pensando en cualquier cosa que no vi que justo entraba alguien. Lo choqué con ganas y se me cayó al piso la bolsa, y un poco también la dignidad que me quedaba, que se escondía abajo de mi campera. Era mi vecino, ese que creo que vive en el piso de abajo, en el sexto. Siempre me lo cruzo en el ascensor pero nunca me animé a hablarle, porque antes solo tenía cosas estúpidas para decir. No me importaba el clima, la política, o el amor entre los famosos de turno que pasaban por televisión. Estaba ocupada mirando las cosas que él hacía; no mi vecino, digo el tarado de mi ex. Tenía ganas de comerme en cinco minutos todo lo que había comprado porque ahora me parecía realmente estúpido haber pasado días sin comer tirada en el piso, inmovil, pensando en porqué a mi y llorando con películas románticas y dramas. 
A todo esto, seguía levantando las cosas de la bolsa sin atreverme a mirar al del 6°, porque estaba toda sucia y había comprado tostadas light. Me fui muy rápido a mi casa, arrepentidísima de haber salido en pijama, no hacía falta. A nadie le interesaba mi estúpida depresión.
Ya fue, al rato me había olvidado, y el queso crema no estaba tan mal. Seguía untando las tostadas mientras buscaba algo para ver en la tele, no encontraba nada porque los sábados la tele es una mierda. Gracias a la tele había descubierto que era sábado, así que no tenía que encontrar una excusa para faltar de nuevo a trabajar. Mientras untaba la tercer tostada, pensando que aunque eran una porquería estaba muy bien volver a comer, sonó el timbre. No el de la puerta de calle sino el de arriba. Nadie tocaba ese timbre nunca, porque no conocía gente en todo el edificio. Cuando salí a mirar quién era no vi a nadie, pero había un cartel pegado del lado de afuera de la puerta. 
Qué bueno que nos chocamos hoy. Si no te hubiera visto así, despeinada, capaz no se me ocurría invitarte a cenar esta noche. Ah, me llamo Franco, sé que te llamás Paulina porque me lo dijo la del 7° b. Del otro lado del papel anoté mi celular. Espero que puedas, Franco.

P.D.: No te ofendas por eso de haberte visto despeinada, lo que trato de decir es que estabas muy linda.
Cualquiera lo que acababa de pasar. Era el vecino lindo del 6°, el del ascensor, el que acababa de verme en pijama y con cara de que llevaba una semana de depresión encima. ¿Sabría él que hasta hace unas semanas tenía novio y ahora ya no? ¿Qué era eso de dejarme un papel pegado en la puerta? ¿Por qué sabía mi nombre? ¿Qué iba a contestarle? Mientras lo pensaba comí como cinco tostadas más, no se puede tomar decisiones con el estómago vacío, y menos todavía si no comiste por una cantidad indeterminada de días. Para cuando se terminó el queso crema ya había decidido. En ese momento no me importaba mucho la góndola de los cereales ni el yogur de frutilla. Tampoco me interesaba agregar a mi vecino Franco como contacto en el celular, yo también iba a jugar. Busqué esa lapicera roja que me gustaba por cómo escribía, arranqué un pedazo del diario que tenía arriba de la mesa hace más de una semana, agarré la cinta scotch que me había llevado de la oficina, y bajé por escalera el piso que me separaba de lo de Franco, no tenía ganas de esperar un ascensor. Digo, no me interesaba agendarlo en el celular porque el juego tenía algunas reglas que acababa de inventar, teníamos que comunicarnos los dos por el mismo medio. Después de escribirle una nota y correr tras tocar el timbre subí a darme una ducha y ordenar un poco mi casa. No sé porque todavía tenía puesta la campera, pero me di cuenta de que hacía bastante calor aunque estábamos en otoño. Si no andaba en pijama, entonces, no necesitaba campera para ocultarlo. En poco rato había planeado hacer un montón de cosas esa tarde de sábado, el mundo parecía un lugar mucho mejor ahora que ya no estaba mimetizada con la alfombra del comedor. Lo que sí no planeaba hacer era peinarme mucho, tenía que mantener el estilo para esa noche.

martes, 22 de enero de 2013

El día que nacieron los nuevos recuerdos I.

Cuando ella decía que tenía vergüenza hablaba de verdad. A todos les parecía estúpido pero ella lo decía en serio. Le daban vergüenza muchas cosas. Desde que tenía memoria había sido así, extremadamente tímida. Hacerse la graciosa era su escudo, en esa cosa del chiste espontaneo se escondía de todo lo que le implicaba ser ella delante de algún otro.
No había mentido cuando decía que le daba vergüenza ir a su casa para conocerlo. Le parecía exagerado, pero aparte le daba mucha vergüenza. No se sentía segura de si misma, ¿qué iba a hacer si a él no le gustaba nada de ella y estaba en su casa? Estaba claro que en su casa era más complicado, y no gustarle a alguien siempre era una posibilidad. Era lo que acostumbraba. Si le hubiera gustado a alguien de verdad ahora no estaría sola, pensaba muy a menudo. En su razonamiento ella era siempre el factor que fallaba. Sabía que todo tenía que ver con todo, que esas ideas se habían instalado en su cabeza por todo lo que le había salido mal antes. Porque aunque algunas ideas y sucesos se hacían lejanos, nunca se iban de ahí. No conocía nada de esa tal resiliencia.
Por eso, entre otras cosas, no quería ir a su casa. La ponía sumamente nerviosa que de diez palabras de las que decía, al menos una hiciera referencia a que era linda, si no las diez. Ni siquiera la conocía, eso le respondía siempre, pero él igual decía que salía linda en las fotos y que seguro iba a ser linda. Todo era demasiado ridículo. Tenía que salir corriendo de ese cuento, encontrar que era lo que la tenía atada y siempre atenta a semejante pavada, y salirse enseguida.
Bueno, era obvio que eso de salirse no iba a pasar realmente, pero nunca pensó que iba a darse vuelta todo tan rápido. Poco después del mediodía del viernes ya tenía un reemplazo para el plan original, que había dado por suspendido después de la discusión de la noche anterior, iba a ver a una amiga con la que hacía tiempo no se juntaba. Justo a media hora de haber confirmado ese encuentro apareció él, como acostumbraba. – Me estaba por ir a dormir la siesta pero quería ver si todavía querés que nos veamos hoy. – Igual que siempre, se iba a dormir. Ella le explicó que tenía nuevos planes, pero que igual podían encontrar un rato para verse. No tenía ganas de seguir peleando por lo de la noche anterior, ya ni se acordaba qué había pasado. Él estaba por tirarse atrás una vez más porque se le daba mucho más fácil ser rechazado que armar planes sobre la hora. Pero justo a tiempo ella le dijo que arreglaran algo, que el otro plan podía esperar y que sí quería verlo.
Él solía decirle que nunca la entendía, pero ella estaba siendo muy clara, al menos esta vez. Hasta le preguntaba a qué hora y cómo tenía que llegar a su casa, más clara y concreta no podía ser. En un rapto de humanidad, él le dijo que primero la iba a llevar a cenar. No quería que fuera a su casa así de la nada, sin conocerse. A ella le pareció lindo y terminó de olvidarse de todo lo que la había hecho enojarse en esa semana.
Parecía asomarse el principio del fin de la relación cibernética complicada y sin sentido. Cuando se olía que todo estaba destinado a fracasar, finalmente iban a verse las caras.
Estaba todavía en el colectivo cuando dieron las 9 pm y le llegó un mensaje de texto. - Ya llegué, me vas a hacer esperar acá con el calor que hace? - siempre tan simpático él. Respondió enseguida, - yo estoy a pocas cuadras con el colectivo, estoy nerviosa y posta tengo mucha vergüenza, espero que me comprendas si me pongo colorada cuando te vea-. Estaba a segundos de conocerlo, esta vez era de verdad.

jueves, 17 de enero de 2013

Ah


- Mi mamá me dejó ir a comprarme un helado esta tarde. Ella piensa que salir por el barrio no es tan peligroso como dicen, que puedo ir sola y hasta quedarme un rato en la plaza. Me dijo que cuando era chica iba siempre a la plaza, pasaba más tiempo ahí que en su casa, y casi no miraban tele porque había pocos canales. Ahora no vamos nunca a la plaza nosotros. Estoy más acostumbrada a la compu, no existía la computadora cuando ella era chica, ¿entendés lo que es eso? no sé como hacían la verdad. Bueno, no sé, lo importante igual es que hoy quiero ir a comprar helado y un rato a las hamacas también. Pero no quiero ir sola, entonces quería ver si vos querés venir conmigo, porque el quiosco queda re cerca de tu casa y aparte también quiero invitarte un helado.
- Ay, pero no sé si puedo.
- Está bien si no podés, puedo ir sola. Igual yo no te pregunté si podías, te pregunté si querías.
- Ah.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Taladro

A veces pienso cosas extrañas cuando pienso en vos. Como que me gustaría poder morderte la nariz sin que te parezca raro, tirarte de una oreja, o hacer que te tropieces para ayudarte a levantarte y que nos riamos porque caiste de forma graciosa. No te lo digo nunca porque imagino que vas a pensar que estoy loca, que en realidad no me conocías lo suficiente y no vas a querer tenerme cerca ni un rato más. No sé, para mi a veces el cariño es tan grande que se vuelve difícil de expresar. Esta violencia puede llegar a significar mucho más que un buen gesto. Pero no hablo de violencia de lastimar de verdad, a alguien que querés no vas a lastimarlo intencionalmente. Es esa violencia de que te quiero tanto que una caricia expresa poco, muy poco, en comparación con una cachetada; y un beso, claro, mucho menos que una mordida. Sí, yo sé que parece raro lo que estoy diciendo, pero, ¿a vos nunca te pasó? ¿Nunca pensaste que un perrito, por ejemplo, era tan lindo que cuando lo acariciabas querías aplastarle la cabeza con tus propias manos? ¿nunca pellizcaste con mucha fuerza unos cachetes y eran tus manos que actuaban cargadas de amor? Ah, ¿no te pasa eso a vos? ¿ de verdad? ¿Es que tus sentimientos no son lo suficientemente fuertes? Entonces, me parece, voy a tener que pensar un poco en esto. Mis ganas de morderte esa nariz perfecta que tenés capaz no son correspondidas. Un beso en la nariz puede ser la ternura, pero la mordida pesa más porque está repleta de sentimientos poderosos. Y vos me decís que a vos no te pasa. Sentimientos poderosos son los que se manejan en esta relación, si a vos no te pasa lo mismo yo no puedo, se me tuerce la balanza. Y ni siquiera oses volver a decirme que esto que te digo no tiene sentido como acabás de hacer. Yo con las cosas a medias no. A mi, atravesame con tus sentimientos o soltame la mano y dejame caminar. No sigas, porque no vas a convencerme con tus palabras, esas apenas me rozan la mano.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Telescopio

Quisiera tener un telescopio
para poder mirarte
y ver en detalle qué pensás
o animarme a preguntarlo
para no intentar adivinar.

Quisiera entender más de tiempos
para no confundir el momento
y no querer viajar cientos
miles de cientos de años luz
en tiempo record universal.

Quisiera saber un poco más
de todo eso de lo que hablás
y no sentir que me falta viaje
para estar como a tu altura
sin llenarme de maquillaje.

Quisiera que todo fuera así
como salido de una película
y saber que es bueno el final
aunque no sepa atar el nudo
el desenlace siempre es real.

Quisiera saber usar el telescopio
para poder mirar tus tiempos
y saber más de tu viaje
pero que el final no nos encuentre
que la película no termine en el peaje.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Regreso empieza con R de Resiliencia



- Hola, tanto tiempo, ¿Cómo estás? Qué linda que sos, Todavía tengo ganas de verte, Ahora maduré, Todo este tiempo pensé en vos, hice mucha historia al pedo, con que hablemos me conformo por ahora – Le estaba diciendo muchas cosas – falta poco para tu cumpleaños, podrías venir a mi casa – muchas demasiadas cosas -. No entendía muy bien qué le pasaba. Porque éste, seguía siendo el mismo inepto que había insistido hasta el cansancio hace unos meses, pero ahora no se cansaba, como antes, de leerlo una y otra vez. Y quería hablar con él, pero cada vez que lo hacía terminaba diciéndole que no y casi que discutían. ¿Cómo podía ser que discutieran si no se conocían?
Para ese entonces ya ni recordaba antiguos amores. Su mente estaba concentrada en decidir si derribaba el muro de las emociones o lo dejaba como estaba y seguía pateando cabezas masculinas por ahí. Este personaje en particular la confundía. Estaba casi segura de que no le interesaba, pero no podía dejar de interesarse en cualquier tipo de intercambio de palabras con él. Por su parte, el muchacho se había dado cuenta de eso y aprovechaba para ganársela en pequeñas cuotas. Un mensaje de dos palabras le hacía el día. “SOS HERMOSA :)” le decía, aunque nunca la había visto más que en fotos, y ella sonreía. Y enseguida le contaba a él que sonreía, por eso insistía el muchacho.
Había conseguido estirar todo con un “capaz el año que viene podemos conocernos”. Tan elocuente, faltaban 15 días para que empezara un nuevo año, pero a él no le había causado nada de gracia. Estaba muy ocupada, decía, finales en la facultad, su propio cumpleaños, y ya había arreglado cosas para el resto de los días. A él seguía sin causarle gracia, pero nunca había estado tan cerca de la victoria, así que fue paciente.
Por lo pronto, el saludo de cumpleaños la hizo sonreír en secreto, una vez más. Ya se atrevía a decirle a él también que era lindo y que tenía ganas de conocerlo, solo que no quería ir a su casa porque nunca lo había visto y le daba vergüenza. – Es para conocernos nada más, si querés charlamos de una punta de la habitación a la otra, solo quiero verte. – Por vergüenza decía ella, nada que ver con el asunto de que fuera en su casa, es que le daba vergüenza. Tenían que salir a algún lugar, pero cierto que él no salía porque era un chico de lo más raro. Entonces lo pensaba mejor y no sabía si quería conocerlo en realidad.
Cuando pidió tres deseos el día de su cumpleaños, uno fue dedicado a Boca, el club de sus amores (y uno de los motivos por los que lo había llegado a estar en contacto con él), otro se perdió ente varios anhelos anónimos y al rato lo había olvidado, y el tercero se lo dedicó a él: “espero que nunca seas parte de mi vida”. No sabía por qué había pedido eso, si estaba casi arreglado un encuentro para, finalmente, conocerse. Algo adentro suyo pedía a gritos que no fuera a meterse en ese lugar, era el muro de las emociones, que no quería ser derribado y hacía fuerza. O capaz era una señal. Meh, no era nada. En su momento no le dio tanta importancia.
Cuando faltaban tan solo dos o tres días para que llegara la noche de año nuevo acordaron que la semana entrante era ideal para conocerse. Lunes 3 habían dicho. Si ella no quería ir a su casa entonces iban a recurrir a un encuentro naïf a la luz del sol, completamente apropiado para personas que no se conocen. Pasaron los días y en las vísperas de ese encuentro dejaron de hablar. Ella ya se había ilusionado de algún modo, incluso habiendo deseado alejarlo de su vida, incluso aunque todavía no la convencía nada de él.
Llegó ese lunes. Ella esperaba una confirmación que no llegaba. Por su parte él hacía lo mismo. No sabían que iban a arruinarlo todo. Entonces a ella le sonó el celular. El mensaje decía que si no tenía ganas de verlo al menos podría haberle dicho que no. No entendía nada, había estado toda la mañana esperando un mensaje que dijera “pasá a tal hora” y en cambio recibía su enojo resumido en una frase corta. ¿Qué más podía pasar? Discutieron como si se conocieran, de nuevo, como una pareja desgastada por los años compartidos. No se conocían, y esta no iba a ser la fecha indicada para que finalmente lo hicieran.
Como era costumbre, al día siguiente él se había olvidado de lo sucedido y le hablaba como si nada. Ella había decidido que quizás no era tan malo ir a su casa, él decía que era para conocerse, nada más, y ella no sabía porqué, pero le creía. La fecha suplente era el viernes de esa misma semana. Viernes. Cuatro días más y se terminaba esa ridícula virtualidad.
Todo iba bien hasta que el jueves él se sintió gracioso y se le ocurrió decir que lo del viernes estaba en duda, por si ella llegaba a arrepentirse y le daba vergüenza de nuevo. Siguió ganándose su odio de a poco, y discutieron hasta que él se cansó de hablar y se fue. Siempre hacía eso, la dejaba hablando sola y después volvía, como si nada. Pero ella le daba permiso para que lo hiciera.
Esta historia estaba destinada a fracasar.

jueves, 2 de agosto de 2012

Resiliencia


A veces se preguntaba cuantas cosas de su historia tenían que ver con cómo era ella ahora. Le intrigaba mucho todo ese cuento de la psicología, el subconsciente, los sueños, lo determinante que podía ser cada suceso en la vida de una persona. Claro que todo eso le causaba intriga, pero no la suficiente como para hacer algo más que preguntarse pavadas una vez cada tanto.
Algo que le llamaba la atención de su existencia era la poca facilidad que tenía para superar etapas, dejar atrás momentos, emprender nuevos caminos. Resiliencia le decían. Había leído en internet que la resiliencia era la capacidad de sobreponerse a las adversidades. Estaba segura de que le faltaba de eso. Un día, una amiga estudiante de psicología, le dijo que era algo que se podía conseguir. Se podía conseguir con algún tipo de trabajo interior, suponía. Para eso tenía que prestarle más atención a las preguntas esas que le surgían una vez cada tanto. No tenía ganas de ocuparse de eso.
Resiliencia. Muchas veces pensaba en la palabra resiliencia. Se le venía a la mente así como si nada. Y todo porque un día la había leído en internet. Porque malgastaba su tiempo en internet llenando su cerebro de información que no servía para nada. Porque internet también la mantenía sujeta al pasado. Era como un veneno de esos que antes de matarte te llenan de un horroroso placer por dentro.
Resiliencia. De nuevo recordaba algo que no tenía que recordar. Es que la cuestión no era recordar sino todo lo que eso le provocaba. Pensar en algunas cosas hacía que esas cosas nunca se fueran. Ella sabía que no se iban pero no era capaz de hacer algo al respecto. Peor, no hacía nada al respecto porque no quería. Le gustaba cómo se sentía el veneno, para nada necesitaba a esa tal resiliencia.
Era una secuencia que se repetía desde que tenía memoria. A los trece, después a los diecisiete, a los diecinueve y ahora de nuevo a los veintiuno, que hacía medio año se habían convertido en veintidós. Primero porque estaba bien, era de chica preadolescente pensar y pensar en un chico que no te daba ni la hora, y dibujar corazones con su nombre, amarlo en secreto, meses y meses, años con su recuerdo, y un deseo escondido de algún día aunque sea ser contemplada por su mirada. Después porque el de los diecisiete había sido el primer alguien real. Le había dicho que la quería, que era linda; la sacó a pasear, le dijo que la extrañaba, se hizo el celoso, el ofendido, y después se alejó. Era normal que siguiera en sus pensamientos después del quiebre. Incluso hasta llegaba a resultar tierno verla preguntándose qué había salido mal, o cuál era la manera de volver a llamar la atención de aquel muchacho.
Ahora, no entendía qué había pasado a los diecinueve. A esa edad creía que podía llevarse el mundo por delante, hasta que lo conoció a él y en una noche le sacó todas esas ideas locas de la cabeza. Había sido la primer locura de amor, o lo que sea. Porque en realidad el amor dura más que una noche. Esa secuencia se repitió una y otra vez durante casi dos años. Dos inútiles años en los que solo sabía comparar a cualquier otro con él. Con él que había vuelto con un viejo amor dos semanas después de hacerla sentir especial. Dos años en los que su vida se sucedió de manera paupérrima, llenada de nada más que preguntas de esas que no sirven, de padres recomendando visitas al psicólogo e histerias del estilo "yo no tengo problemas, no me molesten, déjenme ser un seto sin vida en paz". Dos años pensando en una sola e insignificante noche, en desencuentros, e imaginando cómo hubiera sido su aburrida vida si esa noche se prolongaba en el tiempo.
Nada de eso servía, nada. Cuando tenía veinte estuvo casi decidida a resignarse y escribía pensando todavía en esa historia que nunca llegó a ser historia, como si nada más en la vida pudiera superar lo que había sentido en el lapso de esa lejana y tan solitaria única noche. Ni se imaginaba todo lo que le deparaba el destino.
Muy ocupada estaba comparando a todo hombre que se cruzara en su camino con aquel amor de años atrás. Ninguno le llegaba ni a los talones, no valían la pena. Y en eso apareció él. El verdadero protagonista de la historia que ella quería contar, o que no podía evitar contar, porque gracias a él había conocido la palabra resiliencia, porque todo.
Al principio pareció uno más, descartable como el resto. No cubría las espectativas, ninguno las cubría. Pero este en particular no las cubría. Tenía unos cuantos años más que ella, no tenía trabajo, ni amigos, ni le gustaba salir, ni le divertía nada. Solo sabía quejarse, decir que estaba muy solo, y rogar algún tipo cariño. Qué miedo le provocaba, lo único qué quería hacer era decirle que no, pero no podía. Ni siquiera lo conocía, todo era culpa de internet. ¿Qué hacía hablando con un desconocido? ¿Qué hacía hablando así con un desconocido? Una salida le pedía. De repente ella no necesitaba un psicólogo sino que era la mujer ideal, y él no podía dejar pasar esa oportunidad. De verdad le daba miedo. Mientras tanto, él hacía unos incomprensibles artilugios para conquistarla, que solo conseguían alejarlo más y más de la meta. ¿Qué le pasaba a este pibe? Nunca le había dado lugar para que hiciera tales escenas de celos, suplicas y acuses de abandono. Ni siquiera lo conocía, eso tenía que decirle, “no te conozco, pará”; pero no podía, le pedía perdón por no cubrir las espectativas. Era todo muy irreal, y así se rompió. El muchacho se rindió rápido y ella casi que lo olvidó con igual rapidez, o al menos eso creía.
Fue cuestión de meses. Capaz fue porque estaba aburrida, capaz no. Estaba segura de que no había sido casualidad. Internet, Twitter, mágicamente el conflictivo muchacho apareció en escena y ella pensó “uy, que interesante me parece lo que dice, podría empezar a seguirlo”. Internet, enseguida el volvió a buscarla por todo medio de comunicación posible. Ahora tenía trabajo y se hacía el centrado, y claro, volvieron a hablar.
Ella le decía que era diferente esta vez, ella lo leía diferente. No solo eso, lo leía diferente y además no lo comparaba con nadie. No se había dado cuenta, pero cerraba una patética etapa de su existencia para abrir otra que iba a superar todo tipo de record.

jueves, 1 de marzo de 2012

Nada del todo es mío

Hace como un mes, digo, más de un mes que no escribo para el mundo este en el que no soy nada. Cuando escribo con una hoja y una lapicera naranja yo soy todo, en mis papeles soy todo (lo mismo que vos cuando no se escribir sobre otra cosa). Por eso se me ocurrió venir a decir alguna cosita acá, lo que sea. Porque recuerdo esas épocas en las que me gustaba leerme y no leerte en mi, cuando escribía en un tono diferente y sin tanta pena apaciguando el esplendor de las cosas de todos los días.
Resulta que ni por asomo me acuerdo cómo se hacía eso. Creo que así funcionaba, yo me sentaba frente a la computadora y empezaba a teclear. Escribía de todo, reflexiones existenciales, simpáticos textos de barata auto-ayuda o historias de mentira con variados y significativos finales.
Historias, el otro día escribí una de esas para mi mundo. Era una espantosa, hablaba de un aviador triste que soñaba con volar y conocer el cielo y no lo había logrado jamás luego de años y años de pilotear aviones. Era tan triste, tan triste, que no pude darle un final que me convenciera. Tan triste que odié haberla pensado y haber intentado compararla con mi vida. Tan todo que me di cuenta de que no hablaba de vos y empecé a buscarte en algún rincón, porque estaba segura de que tenías que estar por ahí. Porque vos siempre estabas entre mis letras, aunque nunca hubieses estado.
Entonces me di cuenta de que te fuiste, casi que te fuiste. O me fui yo. Fui yo la que se fue porque vos no estabas nunca pero no terminabas de echarme del escaloncito de la entrada, y en el escaloncito ese pasaban cosas. Estaba dicho que si no me iba sola la puerta iba a cerrarse igual y me iba a partir por la mitad. Y la verdad, creo que todavía necesito estar entera. No puedo dejar que vos me rompas por dejarme afuera porque tengo muchas historias sobre aviadores que no son tristes por escribir.
Así que no me importa que no me hayas llevado a conocer el cielo, seguro fue porque vos tampoco tenías como llegar; y si no podíamos volar juntos, para quedarme en el suelo mejor me deshice de tu fantasma.
Lo bueno de escribirle todo esto a este mundo de nadie es que no es mío. Nada que tenga que ver con vos es mío y prometo que esta es la última vez que digo tu nombre sin decirlo. Nada que tenga que ver con vos. Nada.

viernes, 6 de enero de 2012

Mi mundo

Una vez caminamos una cuadra de la mano. Una sola, la única en toda una historia que no quiere ser una historia. Seguro vos ni te acordás de eso, digo, de nada. Yo sí recuerdo que en ese entonces no significó nada para mi, o al menos eso creía, porque no sabía que iba a pasar después.
Nunca pensé que casi a un año iba a recordar así, de la nada, ese detalle insignificante mientras intento convencerme de que ya no me importa. Y de un momento a otro pienso que quiero de nuevo tu mano. La quiero para sentir que vos también querés mi mano, para sentir que no todas mis palabras caen al vacío. De verdad, no necesito demasiado, tu mano, una mirada, no mucho más.
Voy a quedarme quieta, inmóvil, un instante, y voy a pensar que el mundo también se quedó quieto. Que el tiempo se quedó corriendo solo, y que yo salgo a buscarte. Y que estás ahí, inmóvil también, y me recibís, porque de verdad estás, porque nunca estuviste tanto como en esa cuadra, aunque no hubiera sido nada verdaderamente especial. Mi mano tenía tu mano, tu mano tenía mi mundo aunque ninguno de los dos lo supiera, pero lo tuvo solo una cuadra.

martes, 20 de diciembre de 2011

Fanatía

Él era fan de los puntos suspensivos,
yo era fan de él.
En vano era su fan,
pero era suya.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Retrocedo

Cinco minutos. Cinco minutos para decirte en la cara cómo y porqué te quise. No se de que manera, pero te lo diría. Puedo jurar que te tambalearías y tus ojos se perderían en los míos gritando que sí, cuando de tu boca salga un no que elija la estabilidad.

Retrocedo veinticinco millones de pasos y más.

lunes, 24 de octubre de 2011

Todos los días

Hoy
se
me
dio
por
extrañar
cosas
que
nunca
tuve.