sábado, 21 de mayo de 2011

Abrir

Sí, nos vemos, si vuelvo; si vivo. Vas a volver, dije yo, vas a volver y nos vamos a ver. Vamos a salir, quiero que salgamos. ¿Cómo iba a saber que nunca ibas a volver? Van a hacer como dos meses desde que volviste, desde que te fuiste; desde que estás pero no estás. Desde que yo quiero que vuelvas, desde que se que no vas a volver. No tengo idea de porqué te creí ni de porqué no te creí. Porque sin decirme nada estabas diciéndome todo, porque sabía que no había nada más que la nada que había.
Borro todos tus rastros para acordarme siempre de que ya los borré. Te elimino de todos mis espacios, de los espacios de mi mente, porque no quiero saber nada; porque quiero poder espiarte y que no digas nada y me digas de todo, sin decirme nada. Porque no me interesa que me intereses ni dejes de interesarme. Porque me interesan más muchas otras cosas, y muchas menos después de vos.
Todo se dio vuelta, ahora todo está en su lugar, ahora quiero dar más vueltas; ahora que estoy curada, ahora que estoy enferma de vos, ahora es, y nada, eso. Después volvió a ser antes, antes tiene un después, después no quiero más nada y quiero todo ahora ya; pero no te tengo, y mejor que no te tengo. Quería que vuelvas siempre.
No estás, no volviste, volví yo, pero ya te habías ido. O tal vez nunca estabas.

sábado, 14 de mayo de 2011

Diecisiete

¿Mágia? ¿Puede alguien de verdad decir que va a ser de tu destino con el toque de un tronquito de madera? Había escuchado muchas pavadas, pero esa superaba cualquier otra. Era una cosa de cuentos, nadie podía decidir nada por nadie y todas esas historias mágicas eran mentiras inventadas, nada mas.
Eso creía hasta que un día le paso lo que pasó. Estaba por salir de su casa a las 10:03, como todos los días, para ir a trabajar y escuchó que un florero se caía al piso. Lo primero que pensó era que si se volvía para juntarlo iba a llegar tarde a la oficina, pero no duró mucho ese pensamiento porque apenas miró para atrás vio a un hombrecito de un aproximado metro y medio sonriendo. 
No podía ser cierto, ¿Que hacía un hombre extraño y petiso en su casa, y sonriendole? ¿Porque no gritaba, ni salía corriendo y llamaba a la policía? Algo le hacía confiar en que no era nada malo lo que estaba por pasar, aunque no estaba del todo en lo cierto.
El hombrecito estaba vestido de una manera muy extraña, los colores de su ropa no combinaban, pero le quedaban bien. Chaleco amarillo sobre una camisa anaranjada con rayitas rosas y un pantalón con rombos verdes y violetas. No podía jurarlo, pero parecía que brillaba, y sus pies estaban unos milímetros por encima del suelo, en el aire.
El hombre le explicó que en realidad ella no debía verlo, pero la caída del florero había arruinado el momento en el que él llegaba de incognito. Venía con la misión de definir con un hechizo su destino ese día. Había cometido el grave error de hacerse ver, y como si fuera poco le había contado porque se había presentado. La ley dejaba bien en claro que una vez que un funcionario del destino era visto, debía conceder al destinado el derecho de escuchar cual iba a ser el suyo.
Entonces ella, aunque no creía del todo lo que estaba pasando, lo escuchó. El hombrecito dijo nada más y nada menos: "Como estás escuchándome, solo voy a decir esto y sin nada de poesía. Vas a encontrar al amor de tu vida un diecisiete. El resto lo decidís vos. Au revoir!". Y apenas terminó de despedirse se esfumó en el aire.
El reloj todavía marcaba las 10:03. ¿Que acababa de pasar? No estaba muy segura de si lo que había vivido había sido real. La mejor decisión era olvidarlo y seguir con su vida.
Olvidarlo, era imposible. No creía que la magia existiera, ni que alguien pudiera manejar el destino de nadie más. Cada diecisiete caminaba por la calle mirando con mayor atención. Y ni hablar de cuando tenía que arreglar para salir con algún chico, "¿el diecisiete podés?" era la frase que se escapaba de su boca, sin que ella quisiera decirla.
En su mente se convencía de que nada extraño había pasado y que eso de ser recurrente en el diecisiete era una casualidad. Iba a volverse loca. De todas maneras, cada vez que había conseguido acordar encuentros para ese día alguna circunstancia hacía que no pudieran concretarse, o en el caso de que si ocurrieran, terminaban mal.
Tiempo después, cuando ya no pensaba en el extraño encuentro con el hombre de ropa colorida que brillaba, ni buscaba cruzar miradas con desconocidos; un día como cualquier otro, se levanto y salió de su casa 10:03. En el subte se encontró con un compañero de trabajo al que siempre veía por los pasillos. Nada raro, ¡que casualidad! pensó.
Hacía el mediodía, llamó al ascensor para salir a comprar el almuerzo. Él no solo entró detrás suyo sino que fue a comprar su comida al mismo lugar. Había decidido terminantemente que no iba a creer en fantasías, esas cosas del destino y los encuentros mágicos; así que no le llamaba la atención volverlo a ver, era normal, trabajaban juntos. Cuando salió al final del día lo encontró en la puerta, se hizo la distraída, porque no estaba segura de si él estaba esperándola. En el momento que la invitó a ir a tomar algo, hablando de que el destino los había cruzado otra vez, ella recordó que justo ese viernes no tenía nada que hacer y aceptó. 
Aunque no estaba de acuerdo con eso del destino cruzándolos no se lo dijo y se limito a decir que si. Llegaron a un bar que estaba a unas cuadras, entraron y pidieron algo para tomar. Mientras hablaban de cosas irrelevantes, ella se preguntaba por qué había respondido con un "si" a la invitación. 
Entonces algo se encendido en su mente como por arte de magia y no pudo callarse,"¡HOY ES DIECISIETE!" dijo en voz muy alta; tanto que algunas personas de otras mesas se giraron para ver quien había gritado. En un par de segundos mil cosas pasaron por su cabeza, el hombrecito, todas las veces que había intentado hacer encajar situaciones en los diecisiete que ya habían pasado, las casualidades, el destino, todo tenía sentido. ¿Se había vuelto loca? Era diecisiete de marzo, era él, tenía que ser él. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo confiar en lo que le había dicho un hombre extraño que flotaba sobre los pedazos de un florero roto? De repente volvió a la realidad. Él la miraba del otro lado de la mesa con su vaso casi vacío, confundido pero divertido al mismo tiempo. Tenía que ser. Y cuando lo vio sonreírle estuvo segura de que ese diecisiete, era el diecisiete.
En algún recóndito lugar del universo un hombrecito con ropa de colores festejaba porque sabía que, aunque había roto un florero, se acababa de completar su misión.

martes, 10 de mayo de 2011

La verdad

Era cierto que los besos no tenían fecha de vencimiento.
Compré demasiados y no se como darles uso ahora, porque no son universales.
Es obvio que nada de lo que escribo es ficción ¿no?
Maldición, ¿en qué momento me volví tan crédula?
¿Cuando empecé a tener tantas cosas que decirle a nadie, que tuve que empezar escribir en papeles borradores mis pensamientos más pensados para plasmarlos en la nada internetistica?
Nunca me sentí tan normal como ahora, y resulta que es lo que menos me favorece al final.
Anestesia o nuevas sensaciones a la cuenta de diez! (fui buena en no decir tres nada más)

miércoles, 4 de mayo de 2011

Cronológicamente

Pensé.
Acepté.
Sonreí.
Pensé.
Me cansé.
Lloré.
Grité.
Tiré cosas por el aire.
Dormí.
Soñé.
Me cansé mas.
Espié.
Escribí.
Pensé.
Insulté.
Volví a gritar.
Me canse de cansarme.
Quiero dormir otra vez.
Cualquier cosa menos estudiar.
Porque no quiero (no puedo) pensar en nada más.
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Nota al pié: si lees esto y no te sentís responsable de causar mis emociones, no hagas ningún comentario acerca de ellas. Se agradece. :)

martes, 3 de mayo de 2011

Dormir

Anoche, antes de dormir me dieron ganas de llorar. Hoy me desperté y en mis sueños lloraba. No sabía por qué había sido, hasta que me di cuenta que aparte estar muy dormida, estaba pensando en vos. No se si quiero dormir para volver a verte o no dormir nunca mas para no llorar.

¿Soné triste?

lunes, 2 de mayo de 2011

Mi taza de porcelana

Un día, cuando era una niña inocente, callada y tímida, con ideas locas a futuro (un futuro que en ese entonces era muy lejano y que ahora, así de repente, es hoy), me regalaron una taza. Tenía como mucho 6 años y la taza tenía unos ositos armando un árbol de navidad. Mi hermana también tenía una parecida, y enseguida se le rompió. A mi ni siquiera me gustaba la leche, ni el té, ni el mate cocido, ni el café. No tenía motivos para usarla. Pero la taza no se me había roto y era mi orgullo. Ya en 2008, en el trabajo me regalaron otra, con círculos de colores. Y mis viejos meses después trajeron de un viaje una con un Dumbo. Finalmente, en la historia de mis tazas, en la última navidad mis tíos me regalaron otra, también con círculos de colores.
Todos tienen una o dos acá, y yo, si no conté mal, tengo cuatro. No las quiero para nada, porque todavía no me gusta el té, ni el mate cocido, ni el café, y con suerte tomo chocolatada. Son objetos de esos que jamás me interesó tener, pero los conservo enteros hace muchos años.
Un día decidí que quería usarlas, usarlas todas. Usar la misma cantidad de veces a cada una, porque soy un poquito (¡poquito!) obsesiva. Usarlas porque no me servía de nada tenerlas guardadas contenta porque eran lindas, o porque no se habían roto nunca.
Un día decidí que me iba a dejar llevar un poco más por lo que me pareciera bueno, como usar las tazas. Que podía poner en acción eso de dar la vida, aunque parezca extraño decirlo así. Un día pensé que había entendido todo y creo que no había entendido nada.
Por ahí estoy exagerando, por ahí no. Creo que en estos días a mi corazón se le rompió un pedacito. Puede que sea uno muy chico (o quizás es mas grande de lo que tengo ganas de ver), pero lo sentí, es cierto. 
Mi corazón de porcelana era mi orgullo. Hacía un tiempo que venía conservándolo. Después de tomar tragos de bebidas de procedencia dudosa, me pareció que ya no era divertido no usar mis tazas. Había algo más emocionante que eso. ¿Para qué quería tenerlo guardado si no lo iba a a usar? Pero resulta que, al final, ahora termino preguntándome ¿Para qué quería usarlo si sabía que se podía romper?
Hoy se rompió una de mis tazas y parece que importa poco lo que significaba para mi. Que no es suficiente con querer dar la vida para que otro deje de pensar nada mas en él o empiece a pensar que vale la pena hacer lo mismo, incluso aunque alguna vez haya dicho lo contrario; en mi cara y en contra de mis negativas a sentir.

Tal vez es otro de mis síntomas pre-obsesivos, digo, eso de insistir incluso en lo que no tiene razón de ser. Pero no puedo evitar decir que no soporto la idea de sentir que ya perdí. No me quiero rendir, pero me rindo. Y no pensé que iba a llegar a estos extremos tan rápido. Mi cambio va mas lento de lo que creo y no aprendo de casi nada de lo que me pasa. No me sirve conocer mi mecánica si no tengo el mas ínfimo poder por sobre ella. Supongo que la culpa es mía porque soy una ilusa, y con un coeficiente de positivismo mas amplio que el de la mayoría de las personas. 
Vuelvo a repetírmelo, no puedo negar que algo se me rompió. Aprendí a ser feliz viendo mas allá, porque lo de todos los días es circunstancial y vivir para los demás siempre vale la pena. Solo se me cayó una taza, y la porcelana se resquebrajó. Se que me quedan otras tres (y muchas más por comprar), pero ¿qué pasa si todavía quiero solo esa? ¿ En serio no hay nada que pueda hacer? Decir que me rindo no significa necesariamente que me haya rendido, porque no se como dejar de insistir. Conozco mi mecánica y no puedo arreglarme por ahora. Quiero arreglar mi taza y seguirla usando, pero tampoco puedo porque se rompió.

Estupideces como esta hago en vez de estudiar.